Algunos días, suelo ponerme a tocar frente a un enorme y viejo paraíso en la calle Chacabuco casi esquina Belgrano, en San Isidro. Cuando no pasa nadie, le toco a él, como para alimentar sus añosas y desvencijadas ramas.
Una mañana tranquila, estando yo algo distraído, tal vez pensando en quién sabe qué cosa, se acerca un joven. Un muchacho bien morocho, de ropas humildes y limpias, de unos veinticinco años, con pinta de ser santiagueño. Saca unos pesos de su bolsillo, los pone prolijamente en el estuche y me dice, como conociendo de su tierra el trato que se le da a los músicos: - A ver qué se toca, maestro.
-Cómo no, amigo, le respondo. Y arranco con un excelente arreglo de Bianqui Piñero de la zamba "Adiós Tucumán", de Atahualpa Yupanqui. Lo hice lentamente, tocándole a este morocho con mucho sentimiento.
A todo esto, a más de diez metros de allí, estaciona su moderno auto en el parquímetro otro muchacho. Algo mayor, de unos treinta y cinco años; tostado por el sol, de impecable traje negro y peinado hacia atrás a la gomina. Yo toqué despreocupado de él, pues tenía aspecto mas bien de gustar de los éxitos de la radio que de una linda zamba. (Las zambas no son espectaculares, ni bárbaras, ni geniales. Son lindas) En eso veo que este muchacho queda de espaldas a mí, parado al lado del auto, como queriendo cerrar la puerta o arreglando el espejo retrovisor. Cuando termino la zamba, el morochazo me larga una gran sonrisa y me dice:- Eso es de Atahualpa.
Sin sorpresa le digo que así es, este chico era gran conocedor.
-Y ¿Cuál zamba viene siendo?
Le iba a responder, cuando el engominado se da vuelta y pega un grito como para que no queden dudas: -¡Adiós, Tucumán!
En realidad, había estado fingiendo arreglar el automóvil, de espaldas, para escucharse la zamba completa, en el trajín de su mañana de bancos y oficinas. Le clavé una mirada de verdadero asombro, cuando viniendo hacia mí, deja un dinero y saluda: ¡Grande, maestro!
1 comentario:
Hola Carlos: Lo felicito por sus blogs que los estuve mirando. Me detengo en esta anecdota ya que me gusto mucho, siempre al caminar por la calle o a veces en el tren suelo pararme a escuchar a los musicos callejeros dandoles las gracias con algunas monedas, por ese pequeño momento de musica que nos brindan. Y como dice el dicho muchas veces las apariencias engañan. Usted tiene mucha razon cuando dice que las zambas no son espectaculares, ni barbaras, ni geniales. Son lindas. Como muchas otras musicas que tambien son hermosas y llegan bien adentro del corazon sin necesitar ser espectaculares.
La mando un cordial saludo
Javier
de tradiciones bonaerenses
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