jueves, 14 de febrero de 2008

¿Dos jóvenes distintos?

Algunos días, suelo ponerme a tocar frente a un enorme y viejo paraíso en la calle Chacabuco casi esquina Belgrano, en San Isidro. Cuando no pasa nadie, le toco a él, como para alimentar sus añosas y desvencijadas ramas.
Una mañana tranquila, estando yo algo distraído, tal vez pensando en quién sabe qué cosa, se acerca un joven. Un muchacho bien morocho, de ropas humildes y limpias, de unos veinticinco años, con pinta de ser santiagueño. Saca unos pesos de su bolsillo, los pone prolijamente en el estuche y me dice, como conociendo de su tierra el trato que se le da a los músicos: - A ver qué se toca, maestro.
-Cómo no, amigo, le respondo. Y arranco con un excelente arreglo de Bianqui Piñero de la zamba "Adiós Tucumán", de Atahualpa Yupanqui. Lo hice lentamente, tocándole a este morocho con mucho sentimiento.
A todo esto, a más de diez metros de allí, estaciona su moderno auto en el parquímetro otro muchacho. Algo mayor, de unos treinta y cinco años; tostado por el sol, de impecable traje negro y peinado hacia atrás a la gomina. Yo toqué despreocupado de él, pues tenía aspecto mas bien de gustar de los éxitos de la radio que de una linda zamba. (Las zambas no son espectaculares, ni bárbaras, ni geniales. Son lindas) En eso veo que este muchacho queda de espaldas a mí, parado al lado del auto, como queriendo cerrar la puerta o arreglando el espejo retrovisor. Cuando termino la zamba, el morochazo me larga una gran sonrisa y me dice:- Eso es de Atahualpa.
Sin sorpresa le digo que así es, este chico era gran conocedor.
-Y ¿Cuál zamba viene siendo?
Le iba a responder, cuando el engominado se da vuelta y pega un grito como para que no queden dudas: -¡Adiós, Tucumán!
En realidad, había estado fingiendo arreglar el automóvil, de espaldas, para escucharse la zamba completa, en el trajín de su mañana de bancos y oficinas. Le clavé una mirada de verdadero asombro, cuando viniendo hacia mí, deja un dinero y saluda: ¡Grande, maestro!

La guitarra callejera - Decálogo del cantor

La guitarra callejera es esa guitarra que se pulsa al ritmo de la gente, de su energía, y desde ese lugar es que cambia al distraído paseante, al ama de casa, a los jubilados, al joven estudiante.
Se convierte así en una guitarra popular pues lleva el movimiento de todos. Al mediodía, vibrante, al atardecer, tranquila y decidora, al amanecer llena de sueños y tímida, como pidiendo permiso a los primeros pájaros del día...

Decálogo del cantor


1)No se canta sólo por tener una canción bonita o una buena voz. Hay que decir el canto.
2) Cantar "lo popular" es decir, lo que pertenece a todos por historia y por destino común.
3) Hacerse entender por los humildes. El canto debe ser llano y despojado (sin gritos ni adornos), la letra directa, la guitarra sobria, sencilla. Dejar al silencio completar la obra.
4) No ponerse delante de la obra. Suprimir el ego y poner la obra delante de uno.
5) Buscar y mantener la propia personalidad y estilo, a pesar de las modas. Ser clásico.
6) La obra sin público se debilita y muere. Actuar en público cuanto se pueda, en escenarios convencionales o no convencionales.
7) Tener en cuenta que el arte es también un arma de denuncia.
8) No usar el canto ni la guitarra como pasatiempo, distracción o escapismo vulgar.
9) Buscar la sencillez, que no es lo fácil. Es la mejor forma en la cual se manifiesta el espíritu y de hacer arte oral, espontáneo, que retenga la memoria y pueda ser multiplicado en comentarios o en la misma obra mejorada por otros. El camino hacia lo anónimo.
10) Estudiar la obra hasta el mínimo detalle, buscar lo esencial hasta dominarlo y hacerlo propio.

guitarracriolla.seta@gmail.com

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